ESPECIAL #03: El flautista de Balmis

Riéndose de nosotros tiene que estar el tal Balmis como haya prestado un poco de atención últimamente al mundo de los mortales. Vamos, que llego a ser yo y me río en la cara de ZP y sucedáneos y su terrible H1N1; aunque claro, cabe la posibilidad de que Balmis no fuera retorcido como yo, en cuyo caso seguramente tambien estará riéndose de nosotros. Preparaos porque el artículo es muy largo pero muy interesante.

<<Recorrió más de medio mundo vacunando contra el terrible mal, pero no llevaba la vacuna en frascos ni inyecciones, sino en la sangre viva de niños que lo seguían como borreguitos.>> He encontrado esta frase y me ha gustado tanto que he decidido empezar con ella. El terrible mal. Creo que muy pocas enfermedades cuentan en su haber con el dudoso honor de ser reconocidas incluso sin decir su nombre.

Las viruelas han protagonizado su propia sit-com macabra desde que empezó su andadura hace 12.000 años. Algunas especulaciones sitúan la aparición del virus en algún punto de África o India; despachó a una cuarta parte del Ejército ateniense en el año 430 a.C en su lucha con Esparta, arrasó con seis millones de romanos cuando creían que su Imperio lo tenía todo bajo control. Cuando los conquistadores españoles de Hernán Cortés avistaron tierra en su andanza hacia el imperio azteca en 1519, no observaron que llevaban un polizón a bordo. El virus produjo una carnicería, acabando con la mitad de la población azteca (eso hace un total de 15 millones, así, a ojo) en apenas unos meses. Incluso en la era moderna, en pleno siglo XX, las viruelas mataron a 300 millones de personas.

Todo esto, sin embargo, no impidió que un doctor cabezota se lanzase a una aventura sin ninguna garantía de éxito. Estamos en marzo de 1804, un año después de que Balmis partiera de tierras gallegas. En la catedral de la ciudad de México, capital de la Nueva España, se celebra un solemne Te Deum en presencia del intendente de la ciudad y el ayuntamiento en pleno. Como invitado de honor, junto al obispo de la diócesis, un niño huérfano. El motivo de la celebración es la llegada de la Expedición Filantrópica de la Vacuna, que tiene como misión propagar por todo el vasto imperio español la inmunización contra la viruela. La especial distinción a este niño se debe a que es uno de los portadores de la recién inventada vacuna, que en aquel entonces se aplicaba de niño a niño, de brazo a brazo.

El virus se cebaba fundamentalmente en niños menores de diez años, aunque atacaba a cualquier edad. Muchos de los que sobrevivían –su mortalidad era del 30%– quedaban ciegos y con rostros marcados de por vida. Una forma más rara producía hemorragias y era tan letal como el Ébola, matando al 90% de los infectados. Comenzaba con un período de incubación de 7 a 17 días, a continuación, fiebres bajas y malestar general. Cuando todo parecía ir bien, las llagas de lengua y boca comenzaban a aparecer, y ahí sí que el infectado se convertía en una fábrica pura de virus, una chimenea contagiosa de primer orden; porque la viruela apenas se transmite por el aire sino en contacto directo con las pústulas del pobre hombre en desgracia. Y ya me contaréis, pero que yo sepa, hace cuatro siglos no existían guantes de látex asépticos ni escafandras maravillosas ni camillas plegables antiadherentes, y a la hora de desplazar al enfermo (que, por cierto, quedaba inmóvil cuando las pústulas se extendían) ahí sí que te las veías y te las deseabas, porque o dejabas al señor en cuestión muerto en el sitio o entrabas en contacto físico con él.

Y así fue cómo el doctor Balmis, que seguro que más de una vez se le pasó por la cabeza lo que acabamos de decir, recorrió miles de kilómetros por mar, tierra y ríos en 3 continentes, con lo cual resultó el mayor esfuerzo de vacunación a escala mundial en la historia; que llego yo a ser él y ahora me río en la cara del H1N1. La vacuna antivariolosa había sido inventada apenas en 1796 por el médico británico Edward Jenner, quien observó que las ordeñadoras contagiadas con cierta enfermedad de las vacas, llamada vacuna –que produce vesículas purulentas pa­recidas a las de la viruela, pero en el ser humano es benigna-, no contraían viruela durante las epidemias de esta enfermedad. Su método de inmunización con pus tomado de las pústulas de la vacuna resultó muy efectivo y el rey Carlos IV de España, uno de cuyos hijos había muerto del entonces temible mal, ordenó no sólo introducir la vacunación en su país -lo cual se hizo en 1800- sino difundirla por todos los dominios españoles en América y Asia.

CARRERA DE RELEVOS

En un principio hubo oposición a la idea, tanto por parte de algunos médicos como de la Iglesia -llegó a decirse que el hombre no debe intervenir en las enfermedades que Dios nos manda, y repito lo del H1N1, porque parece que se le está olvidando cómo hacer buenos virus como los de antes, de esos que pintabas de rojo tu casa y oye, mano de santo. Finalmente el rey dio órdenes tajantes y el 30 de noviembre de 1803 se inició el periplo  desde el puerto de La Coruña. En ella iban 22 pequeños expósitos del orfanatorio del lugar, que en el curso de la travesía fueron siendo vacunados sucesivamente para pasar de brazo en brazo el virus y mantenerlo vivo. En cada puerto de escala nuevos niños sustituían a los que iban a bordo y a la vez se formaban grupos que partían hacia las principales ciudades llevando la vacuna en sus propios cuerpos, como en una carrera de relevos.

La nave viajó primero a las islas Canarias, a mitad del Atlántico, y de ahí a Puerto Rico, Cuba y Venezuela, donde el grupo inicial se dividió. Una parte, a cargo del propio Balmis, partió por mar hacia Yucatán y La Nueva España, en tanto que la otra siguió su recorrido por tierra y vías fluviales hacia Colombia, cruzó los Andes para llegar a Perú y Argentina, donde culminó su recorrido casi en Tierra del Fuego, en el extremo sur del continente. Éste fue el grupo que más penalidades sufrió: un naufragio -aunque sin víctimas- en el río Magdalena y los feroces ataques de mosquitos que se cebaban en las pústulas provocando infecciones, enfermedades y diarrea a los niños.

POR CIENTOS DE MILES

La larga y prolongada expedición cubrió prácticamente todo el imperio español: Cuba, Puerto Rico, México, Guatemala, Panamá, Colombia, Ecuador, Chile, Perú y Argentina en Amé­rica; el archipiélago filipino y Macao y Cantón, en China. Gracias a una excelente organización, la vacunación pudo realizarse en escala realmente masiva – y no, no había grupos de riesgo, ni colas en los hospitales, ni farmacias con Tamiflu. Tan sólo en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias, por ejemplo, se inmunizó a más de 24,000 personas y en la ciudad de México, a 100,000. Pero, por sus buenos resultados, la vacunación terminó siendo aceptada y cuando comenzaron las guerras de independencia en las colonias españolas, era ya una práctica tan habitual que en 1814, en plena lucha, el general insurgente López Rayón hizo vacunar a todos sus guerrilleros.

Durante mucho tiempo se creyó que Balmis había muerto pobre en 1819, pero el reciente hallazgo de su testamento reveló que durante sus últimos años tuvo una situación económica desahogada. Tampoco fue olvidado. En España se han celebrado numerosos homenajes y reconocimientos en su honor, especialmente en 2003, al cumplirse 250 años de su natalicio y 200 de la expedición.

Respecto a nuestra querida viruela, hace apenas dos semanas un grupo español acaba de descubrir su modo de sortear el interferón, el primer mecanismo de defensa molecular. Intentaré subirlo en próximas entradas.

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3 pensamientos en “ESPECIAL #03: El flautista de Balmis

  1. Muy interesante. la verdad es que este hombre fue un auténtico héroe, y además se le ocurrió una forma muy original de vacunación.
    Me llama la atención esa posición tan extremista de la Iglesia, no me puedo creer que se llegara a decir que el hombre no debía interferir en las enfermedades que Dios nos manda,en fin…supongo que sería la época….

  2. No gte extrañe. Hasta bien entrado el siglo XX, la Iglesia estaba en contra de la anesteria epirural en los partos. ¿Te suena eso de “parirás con dolor”? pues hay gente que se lo cree.
    ¿De donde crees que viene esa aberración de que el dolor redime? El dolor te hace subhumano, digan lo que digan los gurús de turno.

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